Ningún relato del Corán brilla con más belleza ni encierra lecciones más profundas que la historia del Profeta Yusuf, la paz sea con él.
El Corán dedica un capítulo entero a su historia... y la llama «la historia más hermosa» (Corán 12:3).
Yusuf era hijo del Profeta Yaqub y de su amada esposa Raquel (en árabe, Rahil). Desde sus primeros días mostró una belleza, una inteligencia y una sensibilidad espiritual extraordinarias.
Siendo todavía un niño... tuvo un sueño profético.
¡Vio once estrellas, el sol y la luna prosternándose ante él!
Su padre, Yaqub, comprendió enseguida su significado: Allah había elegido a Yusuf para un propósito especial.
Pero advirtió a su hijo con urgencia: «¡Hijo mío! No les cuentes el sueño a tus hermanos porque conspirarán contra ti [por envidia]» (Corán 12:5).
Pese a esta precaución, el evidente cariño de Yaqub por Yusuf sembró la semilla de los celos en el corazón de sus hermanos mayores.
Sus celos se fueron enconando... hasta convertirse en conspiración.
«Matad a José o desterradle», discutían algunos (Corán 12:9).
Al final, uno de los hermanos propuso una alternativa menos violenta: «No matéis a José. Si ya tenéis decidido deshaceros de él, mejor arrojadlo a lo profundo de un pozo seco, alguna caravana lo recogerá» (Corán 12:10).
Los hermanos convencieron a Yaqub de que dejara a Yusuf acompañarlos en una salida.
En un lugar apartado... ¡agarraron al pequeño Yusuf y lo arrojaron a un pozo!
Volvieron a su padre con la camisa de Yusuf manchada con sangre de oveja, y le aseguraron que lo había matado un lobo.
Yaqub examinó la prenda y se dio cuenta de que estaba manchada, pero no rasgada: ¡ningún ataque de lobo dejaría intacta una camisa!
Respondió con calma: «Lo que ha sucedido no es como me lo contáis, sino que es una falsedad que habéis inventado. Me resignaré pacientemente» (Corán 12:18).
Entonces una caravana encontró a Yusuf en el pozo... y lo llevó a Egipto.
Lo vendieron a un alto dignatario conocido por el título de Al-Aziz. Al reconocer las cualidades excepcionales de Yusuf, Al-Aziz lo trató bien y le dio oportunidades para desarrollar sus capacidades de administración y de liderazgo.
A medida que Yusuf se hacía hombre... su extraordinaria belleza se convirtió en el origen de una gran prueba.
La prueba de la tentación
La esposa de Al-Aziz, conocida en la tradición islámica como Zulaija, quedó cautivada por la belleza de Yusuf. Un día, cuando estaban solos en el palacio, cerró las puertas y le dijo: «¡Ven aquí, soy tuya!» (Corán 12:23).
La respuesta de Yusuf fue inmediata y firme: «¡Que Dios me proteja! Mi amo [tu esposo] me ha colmado de honores. Debes saber que los traidores no acaban bien» (Corán 12:23). En aquel momento de intensa tentación, Yusuf eligió la obediencia a Allah por encima del deseo. Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta.
Zulaija lo persiguió y le agarró la camisa por detrás, desgarrándola. En ese preciso instante se abrió la puerta y apareció ante ellos Al-Aziz. Zulaija acusó de inmediato a Yusuf: «¿Qué pena merece quien ha pretendido deshonrar a tu mujer […]?» (Corán 12:25).
Pero Yusuf proclamó su inocencia, y un testigo de la propia familia de Zulaija propuso una prueba decisiva: si la camisa de Yusuf estaba rasgada por delante, ella decía la verdad; si estaba rasgada por detrás, mentía. Cuando Al-Aziz examinó la prenda, el desgarro estaba claramente por detrás, lo que demostraba la inocencia de Yusuf y la culpa de Zulaija.
Las mujeres de la ciudad
La noticia del incidente se extendió por la ciudad. Las mujeres de Egipto murmuraban entre ellas y se burlaban de Zulaija por haberse enamorado de un esclavo. Para defenderse, Zulaija ideó un plan. Invitó a las mujeres más destacadas a un banquete y dio a cada una un cuchillo. Mientras cortaban fruta, llamó a Yusuf para que entrara en la sala.
Cuando las mujeres vieron su rostro, quedaron tan deslumbradas por su belleza que se cortaron las manos sin darse cuenta. Exclamaron: «¡Dios Santo! No es un ser humano, es un ángel hermoso» (Corán 12:31).
Entonces Zulaija les reveló: «Éste es por quien me censurabais. Yo quise seducirlo, pero se mantuvo casto» (Corán 12:32). Y amenazó con que, si Yusuf no cedía a sus exigencias, sería encarcelado.
Ante este ultimátum, Yusuf se dirigió a su Señor con una de las súplicas más intensas que recoge el Corán: «¡Señor mío! Prefiero la cárcel a caer en lo que estas mujeres me proponen; pero si no apartas de mí su acoso, cederé a sus encantos y cometeré una estupidez» (Corán 12:33).
Allah respondió a su súplica. Yusuf quedó protegido del pecado, pero fue enviado a la cárcel.
Los años en la cárcel
En la oscuridad de la cárcel egipcia, la fe de Yusuf nunca flaqueó. Junto a él fueron encarcelados dos jóvenes. Uno soñó que exprimía uvas para hacer vino; el otro, que llevaba sobre la cabeza un pan del que comían los pájaros.
Acudieron a Yusuf para que se los interpretara, pues reconocían su rectitud. Antes de interpretar sus sueños, Yusuf aprovechó el momento para llamarlos a la adoración del Dios Único: «¡Compañeros de cárcel! ¿Qué es más razonable? ¿Creer en muchos ídolos o creer en Dios, el Único, el Victorioso?» (Corán 12:39).
Después dijo al primero que volvería a servir vino al rey, y al segundo, que sería crucificado. Ambas interpretaciones se cumplieron exactamente como Yusuf las había descrito. Sin embargo, el compañero liberado olvidó hablar de Yusuf al rey, y Yusuf permaneció en la cárcel varios años más.
El sueño del rey y el ascenso de Yusuf
Entonces llegó un giro que lo cambiaría todo. Al rey de Egipto lo inquietaba un sueño misterioso: vio siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas, y siete espigas verdes junto a otras siete secas. Ninguno de sus consejeros supo interpretarlo.
Por fin, el antiguo preso se acordó de Yusuf. Corrió a la cárcel y le preguntó el significado del sueño. Yusuf lo interpretó con claridad: Egipto disfrutaría de siete años de abundancia, durante los cuales debían almacenar el grano con prudencia. Les seguirían siete años de hambruna severa, que consumirían lo que hubieran guardado, salvo un poco, y después llegaría un año de alivio en el que la gente sería bendecida con la lluvia.
El rey quedó asombrado por la interpretación y ordenó que liberaran a Yusuf de inmediato. Pero Yusuf, en una notable muestra de integridad, se negó a salir de la cárcel hasta que su nombre quedara limpio. Pidió al rey que investigara el asunto de las mujeres que se habían cortado las manos. Al ser interrogadas, las mujeres lo declararon inocente, y la esposa de Al-Aziz, conocida en la tradición como Zulaija, confesó: «Ahora la verdad ha salido a la luz. Yo soy la que quiso seducirlo, y él decía la verdad» (Corán 12:51).
Con su inocencia proclamada públicamente, Yusuf fue llevado ante el rey. Impresionado por su sabiduría y su carácter, el rey lo nombró ministro a cargo de los graneros de Egipto, un puesto de inmensa autoridad. Desde el fondo de un pozo y la oscuridad de una cárcel, el Profeta Yusuf se había elevado hasta convertirse en uno de los hombres más poderosos del país.
El regreso de los hermanos
Pasaron los siete años de abundancia y llegó la hambruna anunciada, no solo a Egipto, sino también a las tierras vecinas, entre ellas Canaán, donde vivían el Profeta Yaqub y sus hijos. Los hermanos viajaron a Egipto para comprar grano, sin saber que el poderoso ministro ante el que se presentaban era el mismo hermano al que años atrás habían arrojado a un pozo.
Yusuf los reconoció enseguida, pero ellos no lo reconocieron a él. Les dio sus provisiones y les pidió que en su próxima visita trajeran a su hermano menor, Benjamín (Binyamin). Mediante una serie de acontecimientos guiados por Allah, Yusuf se las arregló para retener a Benjamín consigo en Egipto, lo que causó un dolor inmenso a su padre, Yaqub; y en su renovada pena por Yusuf, sus ojos se volvieron blancos de tristeza (Corán 12:84).
El emotivo reencuentro
Cuando los hermanos volvieron una vez más a Egipto, humillados y desesperados, Yusuf ya no pudo contenerse. Reveló su identidad en uno de los momentos más emotivos de todas las historias del Corán: «Yo soy José y éste es mi hermano [Benjamín]. Dios nos ha agraciado [con el reencuentro]» (Corán 12:90).
Los hermanos quedaron atónitos. La vergüenza y la culpa los invadieron al comprender la gravedad de lo que habían hecho. Pero la respuesta de Yusuf fue de una misericordia extraordinaria: «Hoy no os reprocharé nada de lo que hayáis hecho en el pasado. Que Dios os perdone, Él es el más Misericordioso de los misericordiosos» (Corán 12:92).
Les dio su camisa y les pidió que la pusieran sobre el rostro de su padre. Cuando la camisa de Yusuf se posó sobre los ojos de Yaqub, este recuperó milagrosamente la vista: un hermoso paralelo con la camisa manchada de sangre falsa que, en otro tiempo, había desgarrado a esta familia.
El sueño cumplido
Toda la familia viajó a Egipto. Cuando llegaron ante Yusuf, este hizo subir a sus padres al trono, y todos cayeron prosternados ante él: su padre, su madre y sus once hermanos. El sueño de la infancia —once estrellas, el sol y la luna prosternándose— se había cumplido décadas después, gracias al plan perfecto de Allah.
Yusuf se volvió hacia su padre y le dijo: «¡Padre mío! Ésta es la interpretación del sueño que tuve [cuando era niño], y mi Señor hizo que se cumpliera» (Corán 12:100).
Y entonces, en un momento de profunda gratitud, Yusuf alzó las manos e hizo una de las súplicas más hermosas del Corán: «¡Señor mío! Me has concedido autoridad y me has enseñado la interpretación de los sueños. ¡Creador de los cielos y la Tierra! Tú eres mi Protector en esta vida y en la otra, hazme morir sometido a Ti, y reúneme con los virtuosos» (Corán 12:101).